Cuando el amor cura: febrero en el corazón de Sor Leonor

Febrero llega con un ritmo particular. Es un mes breve e intenso, en el que el año ya empieza a mostrar su peso real: cansancios, comienzos, búsquedas que no siempre encuentran una respuesta inmediata. Un mes que invita a mirar el mundo con otros ojos, capaz de concentrar preguntas, gestos, miradas nuevas.

En este clima se asoma Isora —nombre de pila de Sor Leonor— en una escena que estremece por su sencillez. No hará falta nada extraordinario: le bastará el amor para curar.

¿A quién podrá alcanzar con sus dones naturales de sanación?
Esta es la historia.

Una mujer del barrio donde vivía Isora tenía a su cuidado una indiecita gravemente enferma. Aunque tenía siete años, su cuerpo parecía el de una niña de apenas tres. Lloraba día y noche; tenía la cabeza y el cuello hinchados y apenas podía alimentarse.

Isora tenía una cercanía especial con los niños: la seguían, la buscaban, confiaban en ella. Esta niña no era la excepción; sólo con Isora se calmaba y quería estar.

Un día, mientras intentaba darle de comer, la pequeña no pudo hacerlo y ambas rompieron en llanto. Conmovida, Isora le pidió al Señor que la liberara de aquella enfermedad. Tomó entonces un algodón, se lo colocó en los oídos y, con dolor, le dijo que se fuera a su casa, porque ya no podía verla en ese estado. Luego, no volvió a pensar en lo que había hecho.

Días después, la mujer se le acercó sorprendida:
—¿Con qué ha curado a mi indiecita? Desde el día que volvió con los algodones en los oídos dejó de llorar, todos pudimos dormir, y ahora está sana; parece otra criatura.

La mujer le contó además que tenía otra niña enferma de lo mismo y le pidió ayuda. Isora, avergonzada de lo ocurrido, sólo les indicó:
—Hagan un cigarro de romero, pásenle el humo por los oídos y cúbranlos con algodón.

La segunda niña también sanó, y ninguna volvió a padecer la enfermedad.

La veracidad de estos dones fue confirmada por su confesor, quien, movido por la compasión, le pidió que intercediera por un militar enfermo, dado de baja tras la guerra del Paraguay. El hombre sufría una tos persistente que despertaba compasión. Isora dejó constancia de ello en sus memorias:

“Por mandato de mi confesor lo curé”.

Relato tomado del libro Sor Leonor de Santa María Ocampo OP. Una Flor de Dios en la Argentina, de Sor María Nora Díaz Cornejo OP.

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