Meditar: un tesoro para la humanidad

La meditación es, en esencia, un regalo que nos damos a nosotros mismos, una herramienta milenaria que, en pleno siglo XXI, sigue siendo una de las vías más poderosas para cultivar la paz interior y florecer como seres humanos.

Las fuentes de inspiración pueden ser muchas y variadas, nosotros fuimos al encuentro de Sor Leonor de Santa María Ocampo OP, su nombre de bautismo María Isora del Tránsito, una compañera de vida que experimentó la meditación, experimentó el poder transformador del silencio y la escucha. Con los recursos que tenía a su alcance y con sólo 15 años, sintió el deseo genuino de ser para Dios.

“Un deseo grande y muy grande me mataba desde este día y era el de ser toda de mi Dios. Por un total retiro suspiraba mi alma. No quería tener cosa que me embarazase para esto, y sin haber leído nunca de ningún santo que se podía, y que se habían retirado a una soledad desierta para darse a Dios del todo, me vino el pensamiento de hacerlo yo así.

Este pensamiento lo tuve en estos días de mayor fervor y tenía yo 15 años. Me alegré mucho y me animé, pero dije: lo pensaré bien, no sea que esto sea cosa de este momento, y lo dejé pasar. Dos años lo pensé sin que hubiera habido diferencia; al contrario, más me afirmaba en este proyecto, pero no lo comuniqué a nadie, ni a mi confesor”. Autobiografía Pag.24

Los sitios que dejaron silencios profundos e inspiradores de María Isora del Tránsito. Sañogasta, La Rioja.

Silencio. El silencio, la soledad y el retiro, eran un anhelo para Isora, la razón por la que suspiraba su alma. Al ingresar al Monasterio dirá: “desde el momento en que crucélas puertas del monasterio, el silencio se convirtió en mi compañero más constante”. No un silencio vacío, sino un silencio pleno, que se fue revelando como el terreno fértil para la verdadera meditación. Porque el silencio no era ausencia, sino presencia, el espacio donde el alma respira y es posible escuchar la voz de Dios y la propia voz.

Esta transformación interior ha sido documentada por otros pensadores. El sacerdote Pablo Dors, en su libro Biografía del silencio, lo describe así “Cuanto más se medita, mayor es la capacidad de percepción y más fina la sensibilidad, eso puedo asegurarlo. Se deja de vivir embotado, que es como suelen transcurrir nuestros días. La mirada se limpia y se comienza a ver el verdadero color de las cosas.

El oído se afina hasta límites insospechados, y empiezas a escuchar —y en esto no hay ni un gramo de poesía— el verdadero sonido del mundo. Todo, hasta lo más prosaico, parece más brillante y sencillo. Se camina con mayor ligereza. Se sonríe con más frecuencia”.

En ese silencio, la mente, que al principio salta de un pensamiento a otro como un pájaro inquieto, comienza a calmarse. Es un proceso gradual, como el agua de un lago que, al dejar de ser agitada, permite ver su fondo con claridad.

Gracias a la meditación – dice el padre Pablo Dors, se aprende a no querer ir a ningún lugar distinto a aquel en que se está; se quiere estar en el que se está, pero plenamente. Para explorarlo. Para ver lo que da de sí…Hacer meditación consiste precisamente en asistir cual espectador al nacimiento y muerte de todo esto, en el escenario de nuestra conciencia. ¿Adónde va lo que muere?, me he preguntado una y mil veces. ¿De dónde viene lo que nace en la mente? ¿Qué hay entre la muerte de algo y el nacimiento de otra cosa? Este es el espacio en el que siento que debo morar; este es el espacio del que brota la sabiduría perenne”.

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