Isora, nombre de pila de Sor Leonor de Santa María, Venerable camino a la santidad, fue desde niña una figura entrañable, casi como una nieta espiritual del padre Domingo de Guzmán. En su infancia, el valor de la compasión se le fue revelando en lo cotidiano, gracias a la presencia amorosa de su madre, doña Solana Dávila de Ocampo, y de Dominga, su cuidadora, a quien llamaba con ternura “ama Dominga”. Novena a Santo Domingo del 30 de julio al 7 de agosto.
Ambas dejaron huellas profundas en su sensibilidad espiritual. Dominga, devota de Santo Domingo, solía decirle entre mimos:
“Es muy linda mi hija, y es para mi Padre Santo Domingo”. Autobiografia.
Desde pequeña, Isora sentía a Santo Domingo como parte viva de su hogar. Lo contemplaba en una imagen del Rosario grabada sobre una tabla:
“Pasaba largos tiempos en su presencia, y atraída de sus acostumbradas y tiernas bondades, se deshacía mi corazón en afectuosas y tiernas conversaciones”.
La compasión no fue solo inspiración, también acción. Lo recuerda en un gesto muy concreto:
“Una vez entré a una casita, y encontré a una difunta, y advertí que no tenía velas ardiendo como era costumbre. Le pregunté a la madre de la difunta por qué no tenía, y me dijo que no tenía con qué comprarlas. Corrí, pedí a mi madre, y le llevé velas”.
Este gesto generoso resonaba con el mismo espíritu que animó a Santo Domingo, quien al ver el sufrimiento de los pobres, vendió sus libros —glosados de su propia mano— y exclamó:
“No quiero estudiar sobre pieles muertas mientras los hombres mueren de hambre”.
Así, en Sor Leonor —como en Domingo— fue creciendo un corazón donde todos tenían lugar:
“Todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón, y amándolos a todos, de todos era amada”.
El fuego interior de esa caridad dominicana se encendió desde niña. Fue en ese cruce de afectos, miradas tiernas y ejemplos silenciosos donde la compasión encontró su primera escuela.
*Rosana Triunfetti. Comunicadora.