Un linaje de mujeres consagradas en el corazón de Córdoba

La fe que se hereda, la fe que se elige.

Hay familias que transmiten la fe y su manera de amar a Dios, en la mesa, en las oraciones de la noche, en el nombre que eligen para bautizar a sus hijos. La familia Ortíz de Ocampo, de La Rioja, lo hizo de otra manera: enviando a sus mujeres al monasterio.

No una. Seis.

Cuando Isora María del Tránsito – la que el mundo conocería como Sor Leonor de Santa María – cruzó el umbral del Monasterio Santa Catalina de Siena en Córdoba, en julio de 1868,. El convento ya tenía su apellido grabado en la historia de esta comunidad. La esperaban sus tías.

La familia riojana de los Ortíz de Ocampo lo hizo de una forma que hoy nos asombra y nos interpela: durante más de un siglo, sus mujeres -tías, sobrinas, primas – eligieron la vida consagrada. Fue vocación que se contagia, fe que se hereda.

Una tía que abrió el camino.

La primera fue Sor María Andrea Aurelia de la Trinidad. Tenía apenas quince años cuando su tío sacerdote la acompañó hasta las puertas del monasterio, en 1809. Profesó, fue priora, fue maestra de novicias durante años. Cuando décadas más tarde su sobrina Isora – sor Leonor de Santa María – cruzó ese mismo umbral, su tía llevaba casi sesenta años de vida entregada a Dios. Moriría al año siguiente de la profesión de Leonor, como quien espera ver cumplida la promesa antes de partir.

Un árbol con mucha fe en sus ramas.

No era la única. Sor Cándida Rosa de los Dolores, también Ortíz de Ocampo, había ingresado siendo niña, demasiado pequeña todavía para votar, y tomó el hábito a los quince años. Sor Dolores del Corazón de Jesús Dávila, tía abuela de Leonor, llamó a esa puerta siendo ya mayor de cuarenta años -como quien cumple una promesa guardada en silencio durante toda la vida. Sor Carmen Dominga fue maestra de novicias en los años exactos en que sor Leonor aprendía a vivir la clausura: los años de formación de “Sor” pasaron, en parte, por la presencia de su propia tía.

Y después de sor Leonor, su sobrina Sor Dolores de Santa Catalina Herrera profesó en ese mismo monasterio.

Seis mujeres. Tres generaciones. Una misma familia. Una opción por la trascendencia.

Lo que sor Leonor decia.

En su autobiografía, Sor Leonor menciona a sus tías con una cercanía que no es solo afecto familiar: es gratitud, es reconocimiento. Ellas le habían mostrado que ese camino era posible. Que una mujer de su tierra y de su sangre podía encontrar en la clausura plenitud.

La clausura no la separó de su familia. La llevó adonde su familia ya estaba.

Una gracia que sigue viva.

Hoy, la causa de beatificación de la Venerable Sor Leonor de Santa María avanza en Roma. Muchas personas y familias han alcanzado gracias especiales invocando su nombre. Sus restos descansan en el templo del Monasterio Santa Catalina, en Córdoba. Y tal vez valga preguntarnos: ¿qué fe estamos transmitiendo nosotros? ¿Qué camino le estamos mostrando a los que vienen detrás?

El testimonio de estas mujeres son una invitación a vivir la hondura de la espiritualidad.

*Los datos de parentesco y referencias documentales fueron identificados y sistematizados por Monseñor José María Arancibia, investigador de la causa de beatificación de la Venerable Sor Leonor de Santa María, a partir de tres fuentes: “Alabar, bendecir y predicar el amor de Dios” (2015), la Autobiografía de Sor Leonor (2021) ‘- donde ella misma menciona a sus tías monjas ‘- y “Escritos de monjas. Monasterio Santa Catalina de Siena, Córdoba” (2023), obra del propio Monseñor Arancibia que reúne 280 documentos del archivo conventual.

*Rosana Triunfetti. Comunicadora Causas de santidad.

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