Entrega III. “La azucena entre las virtudes”

Camino vocacional de sor Leonor: obediente, pobre y casta como Jesús.

Parte 3 . “Acércate de nuevo a la sagrada gruta”

(Folios 10–16 de la homilía del P. Mercado, 7 de julio de 1869)

En las entregas anteriores, el padre Mercado había llevado a sor Leonor a Belén para contemplar al Niño en el pesebre, maestro de pobreza. Ahora la invita a volver a esa misma gruta, para aprender dos virtudes más en el mismo rostro de Jesús.

La obediencia: querer lo que Él quiere

El primer maestro de obediencia no está en un libro de espiritualidad. Está en el pesebre. El P. Mercado lo describió con una imagen de fuerza sencilla:

“Si le reclinan en duro pesebre, contento se reclina; si le toman en los brazos, contento se halla en ellos; en cualquier parte que le colocan, en ella está contento. Cuanto disponen que él haga aquellos a quienes su Eterno Padre dio autoridad sobre él, eso es lo que quiere, y nada hay para él sino querer o no querer lo que ellos quieren o no quieren. Él no averigua por qué lo quieren de esta o de la otra manera, sino que el dictamen de la autoridad que le manda es el que obedece.” (Mercado, S-1, p. 9-10)

Y luego interpeló directamente a sor Leonor:

“Ved, pues, hermana mía, a tu Señor que todo lo sabe y todo lo puede, entregándose tan humildemente a las criaturas, para que tú, débil en el entendimiento y en la voluntad, aprendas a someterte a los que cerca de ti hacen las veces de Dios”. (Mercado, S-1, p. 10)

La enseñanza fue clara y sin rodeos: obedecer a la superiora es obedecer a Dios, porque toda autoridad viene de Dios. Y eso vale incluso cuando la superiora «estuviere menos adornada de virtudes y buenas cualidades»: eso no disminuye ni un ápice la autoridad que representa.

Pero el P. Mercado fue más lejos todavía. No alcanza con ejecutar lo que se manda:

Es necesario que al ejecutar la voluntad del superior, se ejecute también con voluntad obediente lo mismo que él quiere que se haga. Además, para que la virtud de la obediencia sea perfecta, es necesario que sometas también la inteligencia y tu opinión a la divina autoridad representada por la superiora.” (Mercado, S-1, p. 11-12)

¿Difícil? Sí. Por eso el predicador señaló el ejemplo más asombroso de obediencia que la historia registra: Jesús que, al obedecer el mandato de César Augusto, obedecía en realidad la voluntad de su Eterno Padre.

Siendo verdaderamente sabio y verdaderamente santo, se sometió en todo a los mortales que tenían autoridad sobre él, sin atender a la cualidad de las personas, y sin examinar el motivo por el que le mandaban. Por eso obedeció fielmente el mandamiento de César Augusto, hombre pagano, que mandaba impulsado de perversa voluntad; sin más que porque creyó ser voluntad de su Eterno Padre, cumplió perfectamente aquella voluntad naciendo en Belén, según lo anunciaban los profetas.” (Mercado, S-1, p. 12-13)

Y repitió el lema de toda la homilía:

Inspice et fac secundum exemplar quod tibi monstratum est. Mira y haz según el modelo que te ha sido mostrado.

La castidad: la azucena entre las virtudes

Entonces el P. Mercado invitó a sor Leonor a volver una vez más a la gruta de Belén, pero ahora con otros ojos:

“Acércate de nuevo a la sagrada gruta, y en ella encontrarás al dulcísimo Jesús, al Cordero sin mancilla, a la inocencia misma separada de cuanto halaga los sentidos. Veréisle acompañado por una madre Virgen, de un Padre casto, y de los coros de los Ángeles que se alegran en su presencia.” (Mercado, S-1, p. 13-14)

Nacido de una Virgen pura, Jesús es “el amante más tierno de toda pureza”. Y desde esa contemplación, el P. Mercado desplegó el significado del voto de castidad con palabras que todavía resuenan:

¿Qué cosa más excelente podéis ofrecer a Dios que la castidad? Con ella ofreces un obsequio gratísimo a Dios Padre, que es espíritu; con ella, honrando vuestro cuerpo, honras un miembro de Dios Hijo; con ella veneras al Espíritu Santo, de quien eres templo vivo.” (Mercado, S-1, p. 14)

Y luego, una imagen que concentra todo:

“Lo que es la azucena entre las flores, eso es la pureza entre las virtudes, que deleita y recrea con su candor y hermosura a los moradores del paraíso.” (Mercado, S-1, p. 15)

Las almas puras, dijo el predicador, son la delicia de Jesús. Se unen más dulcemente a su corazón, comprenden con más facilidad sus secretos, experimentan con más sabor la unción de su espíritu. «A ellas admite en el interior de su Corazón, con ellas es su trato más familiar; a ellas tiene más cerca de sí en la tierra, lo mismo que en el cielo.» (Mercado, S-1, p. 15)

Y así cerró este bloque con una exhortación que resumía los tres votos en una sola imagen:

Te es muy necesario ser muy pura, angelicalmente pura, en tus fines, en tus intenciones, casta en tus acciones y en tu trato, en todos tus procedimientos y en toda ocasión. Esta castidad y esta pureza es la misteriosa sal que ha de sazonar todo el fruto de tus religiosas observancias.” (Mercado, S-1, p. 15-16)

Obediente, pobre, casta. El modelo era uno solo: Jesús. Y el camino de sor Leonor, desde ese 7 de julio de 1869, era seguirlo.

Próxima entrega – la última: el holocausto perfecto. «Habéis muerto para el mundo, pero vivís en Jesucristo.» El sentido definitivo de la profesión, y las palabras finales que el P. Mercado le reservó solo a ella.

Homilía del P. Domingo Mercado O.P., pronunciada el 7 de julio de 1869, día de la profesión solemne de sor Leonor de Santa María (Isora Ocampo). AMSC, Escritos de Religiosas, caja 5. Descubierta y transcripta por Monseñor José María Arancibia.

Versión digital del Documento original.

Recuerda votar qué te pareció este contenido.

¡Votá que te pareció este post!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *